Lo violento y lo espiritual

La violencia es una forma de energía, es energía utilizada de tal manera que se convierte en agresión.  ¿Podemos transformar esa energía, moverla en otra dirección? Estar libre de la violencia implica estar libre de todo lo que el hombre ha impuesto a otro hombre: la creencia, el dogma, los rituales, mi país y su país, su dios y mi dios, mi opinión, su opinión, mi ideal. Todo eso ayuda a dividir a los seres humanos y genera violencia. Krishnamurti.

Antes de empezar a hablar alegremente de la paz debemos admitir una realidad que tal vez no sea de nuestro agrado… La paz no será posible si no comenzamos por reconocer la violencia dentro de nosotros mismos. ¡A nadie le gusta esto! Todos queremos ver en nosotros sólo lo bueno, lo positivo, lo agradable y tendemos a negar o rechazar nuestros aspectos negativos como si no formaran parte de nosotros. Ignorarlo sólo agrava la situación porque aquello de lo que no somos conscientes se refugia en el inconsciente y aflora cuando le da la gana totalmente fuera de nuestro control.

Como dice Krishnamurti: Somos violentos. Y durante toda la existencia los seres humanos han sido violentos y siguen siéndolo. La fuente de la violencia es el “yo”. Mientras sobreviva el “yo” de alguna forma, ya sea muy sutil o burda, habrá violencia.

Hemos construido una sociedad que es violenta, y nosotros, como seres humanos, somos violentos; el ambiente, la cultura en que vivimos, es el resultado de nuestros esfuerzos, de nuestra lucha, de nuestro sufrimiento, de nuestras aterradoras brutalidades.

Pareciera ser que la no violencia es cuestión exclusiva de los santos (o de los hippies[1]) y, aunque cultivar la santidad sea tarea de todos, pocos de nosotros logramos hacer base firme en la no violencia. El mayor desafío del ser humano hoy es desarrollar en sí mismo el poder de la no violencia, idear métodos no violentos para alcanzar los resultados necesarios para que podamos existir sobre la tierra. Una agricultura respetuosa del medio ambiente, gentil, orgánica y paciente adaptada a los ritmos de la vida, una economía que no parasite basada exclusivamente en el agotamiento de los recursos no renovables, un comercio justo y un consumo responsable… Nos sorprendería ver cuán humano, democrático y barato puede resultar este camino pues, si bien todo lo que se hace por métodos violentos o agresivos puede producir mayores resultados en menor tiempo también acumula un sinnúmero de problemas, algunos de ellos trágicos por no tener posibilidades de solución.

Una civilización que glorifica la mente a expensas de los sentimientos está en riesgo de caer en una violencia sin límites mientras que, a la inversa, si predominan los sentimientos sobre la mente habrá peligro de brutalidades esporádicas sin ton ni son.

Se necesita ciertamente armonía, complementariedad y equilibrio entre ambos superando la debilidad moral y la ignorancia.

Cuando nuestra  civilización desprecia el corazón idolatrando la objetividad y basando la educación en que las decisiones deben tomarse sin interferencia de las emociones quedamos expuestos a los peligros de una violencia ilimitada. La intervención de los sentimientos es descartada por considerarse una falta de realismo y pura sensiblería como pasa con los temas económicos en los cuales se piensa solamente en los beneficios del enriquecimiento y mantener un estilo de vida obsesionado por el progreso material sin tener en cuenta a las personas y recursos naturales a cuyas expensas se logra esto en base a la perversidad de una explotación y depredación que nunca parecen ser suficientes. Necesitamos corazones suficientemente fuertes y desarrollados para ejercer control sobre la mente fría, calculadora, implacable e indiferente que genera violencia y destrucción a veces en forma casi imperceptible o disfrazada de “así son las cosas”. Solo lograremos sobrevivir como humanidad si somos capaces de educar el corazón que es la fuente de la Sabiduría.

La mayoría de nosotros nos sentimos a menudo desamparados al observar las proporciones que alcanza la violencia  en los distintos lugares del mundo: no solamente guerras, terrorismo, genocidios sino también crímenes y actos de brutalidad cotidianos. Aún dentro del ámbito familiar se ejerce la violencia que muchas veces pasa encubierta y finalmente termina en homicidio. ¿Cuándo llegará el momento en que, en forma individual y como sociedad, tengamos la sabiduría y el valor para repudiar todo tipo de violencia? ¿Cuándo nos comprometeremos con lo mejor de nuestra esencia para tener control sobre estas fuerzas destructivas (que también están dentro de cada uno de nosotros aunque lo neguemos) y desarrollar una civilización basada en la justicia y el amor compasivo? ¿Es posible darle un corazón a esta civilización, a este mundo capitalista y globalizado?

 

La espiritualidad, el misticismo, la contemplación y el  crecimiento interior son recursos que, en forma interactiva, ayudan a transformar progresivamente nuestra conciencia individual, familiar, grupal, nacional, mundial… Para que el mundo cambie se necesita empezar a cambiar comenzando conmigo.  El cambio no se dará todo de golpe sino uno por uno, persona por persona, a medida que cada una de ellas vaya tomando conciencia.

El primer paso es comprender. Vemos lo que la violencia ha ocasionado en el mundo, cómo ha destruido todo tipo de relaciones, cómo ha generado una agonía profunda en uno mismo, y también mucho sufrimiento.

Si pudiéramos observar el problema de la violencia en su totalidad, lo comprenderíamos en su esencia de tal manera que ésta cesaría. Se trata de comprenderla tan bien que quedemos libres de ella.

Lo siguiente es conocerse y estar en el presente. Expandir el conocimiento de uno mismo, crecer en sabiduría y compasión considerando que todos somos parte de un mismo organismo con múltiples funciones solidarias entre sí.  

Todos dependemos de todos y nadie está por encima del otro.

Si no somos conscientes de lo que ocurre y no nos conocemos a nosotros mismos emitimos falsas interpretaciones, cometemos errores, perdemos tiempo y nos hacemos daño a nosotros mismos y a los demás.

Usamos el pensamiento en forma adictiva para evadirnos del tiempo presente y sabotearnos el estar aquí mismo. Nos la pasamos creando pensamientos para defender la propia existencia de los mismos y perpetuar el permanente estar pensando, analizando, comparando, comprendiendo.

Vale la pena decidirnos a tomar pasos hacia la paz siendo más lúcidos, afirmándonos en verdades y no en suposiciones. Esto hará nuestra vida más feliz y saludable porque el sentimiento de paz abre las puertas al amor y la alegría que alimenta la fraternidad y la colaboración universal.

La inmensa mayoría de las personas desea una convivencia en paz; sin ella todas las actividades de la vida se vuelven difíciles de sobrellevar lo cual ocasiona una gran tristeza. La buena noticia es que la paz puede crecer dentro de nosotros e irradiarse a nuestro entorno.

Para acercarnos a la paz es preciso desinstalarnos del aislamiento, el egoísmo, la oposición destructiva y el desprecio por el otro. Desmantelar nuestros propios bloqueos ocasionados por el miedo al futuro y los lamentos por el pasado, las   preocupaciones que nos atrapan, las actitudes de ataque o de defensa. Agotamos nuestras energías desperdiciándolas en conflictos y guerras internas que no nos permiten otra cosa más que “seguir tirando”.

Es importante estar dispuestos a emprender el viaje hacia la paz y desprendernos de la impaciencia, la terquedad, la rigidez…

Observarse a sí mismo para darse cuenta y tomar conciencia de los procesos mentales que nos causan experiencias negativas. Con el solo hecho de observar notamos que los procesos mentales disminuyen considerablemente. Ver, observar, darse cuenta y comprender a través de la observación y de la contemplación libre de juicios y opiniones.

Reconocer a las personas violentas y neutralizarlas, ser de alguna manera el “fermento” de la paz en un mundo dividido por barreras culturales, religiosas, políticas. Los líderes de opinión deberían ser maestros de paz en lugar de influir desde los medios de comunicación y las tribunas de opinión pública para infundir miedo ,  generar polaridades y antagonismos, así como también distintos tipos de violencia, a veces en forma muy sutil y encubierta.

Si quieres hacer la paz con tu enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero. Nuestra mejor arma, la que el enemigo nunca podrá resistir, es la paz. Nelson Mandela

[1]        Los “hippies” fueron parte del llamado movimiento de contracultura de los años 1960. Adoptaban un modo de vida comunitario o estilo de vida nómada, renegaban del nacionalismo y la Guerra de Vietnam, tomaban aspectos de religiones como el budismo, el hinduismo, y también de las religiones de los indios norteamericanos. Estaban en desacuerdo con los valores tradicionales de la clase media estadounidense.

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